30/7/11

Engendrando El Amanecer - Capitulo II

Segundo capítulo, vamos avanzando. Un capítulo lleno de nombres de personajes históricos. Les dejo el inicio.


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No me marché. París estaba muy ruidosa por esos días y yo necesitaba un descanso. Al menos, eso fue lo que me dije a mí mismo; en el fondo, mi curiosidad e inclinación por la comodidad y la riqueza me mantuvieron en aquel lugar. Tú aún no eras tan importante como llegaste a ser unos años después, eras apenas una interesante interrogante en mi cabeza, Maurice.
Los días que siguieron, se mantuvo la rutina de Raffaele alardeando y yo reduciéndome a una sombra. Ser una sombra tiene sus ventajas, puedes observar con plena libertad y, poco a poco, conoces todos los recovecos del lugar y los detalles menos brillantes de la familia. Por supuesto que esto revelaba cierta mezquindad en mi espíritu; el hecho es que en ese tiempo yo no tenía vida propia, existía bebiendo las vidas de los demás, era lo que otros decían y pensaban de mí, amaba lo que me gratificaba, no tenía un propósito o alguna ambición que me pusiera en movimiento... Era realmente una sombra.
Tú, mi querido Maurice, no te mostrabas incomodo con mi presencia; ocasionalmente, me dirigías la palabra sacando algún tema que no tuviera nada que ver con teología o política, temas en los que obviamente discrepábamos. Yo esperaba que me confrontaras, que iniciaras alguna polémica, y todos en la casa esperaban lo mismo, pero siempre eludiste las ocasiones que tu padre procuraba para enfrentarnos.
—¿Qué opina usted, Monsieur? ¿Maurice ya olvidó a los jesuitas? —me preguntó el Marqués al cabo de unos días.
—No sé qué pensar, su hijo es un verdadero misterio. Cualquiera diría que no tiene nada que ver con ellos.
—¡A mí no me engaña!, algo planea. A él hay que temerle más cuando está tranquilo...
—Pero si continua provocándolo puede empujarlo a hacer otra tontería, como la de escaparse.
—¡Pues que lo intente! ¡Me desespera tanta paz! Siento que estoy sentado sobre un barril de pólvora y no me doy cuenta, ¡así que voy a hacerlo explotar!
Me quedé muy preocupado al verlo irse con semejante disposición. Al día siguiente, anunciaba un gran evento: invitaría a sus amigos a una jornada de cacería; en realidad, el viejo estaba aburrido y quería diversión, así que me tranquilicé. Maurice no se inmutó cuando escuchó la noticia. Su primo apoyó entusiasmado la iniciativa y ayudó a preparar todo. En cuanto al hermano mayor, aceptó para complacer a su esposa, quien tenía deseos de destacarse en sociedad, cosa que no le permitía el estilo de vida un tanto austero de su marido.
El día pautado, la Villa se llenó de distinguidos invitados. En verdad, semejaban muy distinguidos, aunque no todos eran Nobles; también había parlamentarios, ricos burgueses, algunos filósofos y artistas que estaban de moda en el momento. El Marqués Théophane de Gaucourt no hacía distinciones por el linaje, bastaba con tener poder, fama o riqueza; y, si tenían las tres, podían considerarse realmente afortunados.
Nadie despreciaba la invitación del Marqués, quien gozaba de una gran fortuna gracias a que Joseph había triplicado el patrimonio familiar con su habilidad para los negocios. Todos sabían que podían esperar espléndidos banquetes y la exhibición de los más exuberantes lujos.
También se sentían atraídos por el parentesco de la familia con el Duque Philippe De Alençon, el cuñado del viejo Théophane y padre de Raffaele, un hombre acaudalado y extremadamente poderoso. Se decía que era el prestamista secreto de una buena cantidad de señores, que engalanados se paseaban por el gran salón esa noche. También se contaban leyendas absurdas: que pasaba la mayor parte del tiempo en alta mar a bordo de un navío de guerra, que poseía una isla secreta, que había formado un harem de concubinas con princesas Moras o que había jurado no volver a tomar una esposa después de enviudar. Lo que todos podían dar por cierto era que el Duque contaba con el aprecio de su majestad, Luis XV.
El mismo Rey y su flamante ministro, el Duque de Choiseul, hubieran asistido encantados de no estar ocupados con la guerra que Francia estaba librando (La Guerra de los Siete Años); claro que era una guerra que veíamos desde lejos, una más, y poco nos afectaba a los inconscientes que creíamos que la gloria de nuestro reino era inagotable.
En mi caso, le daba más importancia a los líos de faldas del Rey que a su política internacional, por eso celebraba que la hermosa Madame de Pompadour estuviera presente entre los invitados, ella aún era la favorita del Rey aunque ya no le hacía compañía en la cama. Estaba en sus años maduros, pero seguía siendo hermosa e irradiaba un aura cautivadora que no dejaba a nadie indiferente.
Muchos la admirábamos por su habilidad política e impecable gusto artístico. Más tarde veríamos que algunos de sus consejos provocaron desastres, sobre todo los que impulsaron a Luis XV a involucrarse en esta guerra. Sin embargo, en aquel tiempo, era una mujer poderosa con la que todos querían congraciarse.
Para Maurice la presencia de la bella Madame Pompadour era un insulto, pues era una de las enemigas más feroces de la Compañía de Jesús. Gracias a que los confesores del Rey habían sido una piedra en su zapato por muchos años, y ahora que veía la oportunidad de devolverles todos los “favores”, no escatimaba esfuerzos para lograr su ruina.
Para desgracia del joven ex novicio, la presencia de esta Dama, junto a Ministros y parlamentarios, hacía inevitable que el tema de la campaña contra los jesuitas saliera a relucir. Por todos lados, se oían malas predicciones para los hijos de Ignacio de Loyola, se daba por segura la supresión de la Orden en Francia, incluso algunos se aventuraban a decir que, algún día, sería suprimida en todo el mundo, cosa que parecía imposible en ese momento. Maurice debía estar sintiéndose como un condenado a muerte, mientras escuchaba estoicamente sin abrir la boca para defenderse. Le admiré por su prudencia y llegué a compadecerle, pero apenas si me acerqué a saludarle en algún momento, pues me encontraba muy entretenido.
En verdad estaba en mi elemento, ¡qué excelente velada! Por todos lados, me requerían para dar mi opinión sobre algún asunto y mis comentarios ingeniosos se recibían con aplausos. Era un payaso superficial en esa época. Olvidé por completo a Maurice hasta que, unas horas después, el Marqués se acercó preguntando por él.
—No lo veo por ningún lado. Ese idiota es capaz de haberse encerrado en su habitación, le advertí que si lo hacía iba a presentarme ahí con la Madame. Se puso pálido y juró que estaría en la fiesta de principio a fin con tal de que jamás le obligara a acercarse a ella... Debió ver su rostro, fue muy gracioso observarle perder todo su aplomo, realmente odia a esa bella mujer...
—Eso es lógico, y usted resulta un poco cruel al ponerlo en esta situación —dije mientras me reía imaginando a Maurice.
—Ah, mire, esa es mi preciosa sobrina, ahora es la Condesa Sophie de La Vergne, venga y lo presentaré.
Entonces, tuve ante mí una aparición: una joven idéntica a Maurice, engalanada como una princesa; por un momento, pensé que era él jugándome una broma. También tenía el cabello rojo, la pequeña y encantadora boca digna de un querubín y el cuerpo delgado. La diferenciaba notoriamente su abultado y delicioso pecho y unos preciosos ojos azules. Enamorarse de ella era realmente fácil y comprendí completamente a Raffaele, quien se desvivía por atenderla.
La joven saludó respetuosa y me dedicó una graciosa sonrisa; luego, suplicó a su tío que cumpliera su promesa de presentarle a Madame Pompadour y éste accedió en el acto.
—Le encargo a usted encontrar al bribón de mi hijo —me dijo antes de alejarse con su bella sobrina.
—Cuente conmigo para eso.
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