27/7/11

Engendrando el Amanecer- Prólogo y Capítulo I

Con un mes de retraso he logrado publicar los primeros capítulos de mi novela "Engendrando el Amanecer".  También lo he subido a mi cuenta en DevianArt

Creo que debo ponerme a trabajar en las ilustraciones de esta historia para despertar interés. Realmente quisiera hacerle justicia a mis personajes, son un encanto y si nadie se da cuenta es por mi escaso talento como dibujante y escritora... pero practicaré y practicaré.

Les dejo una parte el capítulo.


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Comenzaré mi relato en el año 1762, durante el reinado de Luis XV, una época que engendraría grandes cambios en el mundo. Debo admitir que, a pesar de vivir en el apogeo de la Ilustración, yo me mantenía en una cómoda penumbra. Todo estaba definido para mí, no tenía la más mínima duda sobre nada y apenas me interesó el movimiento intelectual de aquellos años.
Siendo mi padre un Marqués acaudalado, mi familia vivía con un bienestar envidiable, codeándose con los Señores más renombrados en Versalles. De ellos sólo aprendí la indiferencia por cualquier cosa que no fuera mi renta anual.
Las cosas cambiaron cuando ingresé a la vida clerical, siguiendo el destino que me habían trazado por ser el segundo hijo. Por influencia de mi tío, un Obispo con grandes aspiraciones, me adherí al Jansenismo[1] y al Galicanismo[2]; y desperté, o creí despertar. Encontré el sentido de mi vida en la lucha que se entabló entre los adeptos a estas corrientes y los defensores del poder del Vaticano.
Los principales abanderados del Papa eran los Jesuitas[3], y debido a esto eran especialmente odiados por todos los que, sin tener intereses religiosos, se mostraban partidarios de una mayor autonomía para cada nación y rechazaban la pretensión de autoridad universal del sumo pontífice. Por tanto, no se trataba exactamente de una cuestión religiosa, sino política.
Tal fue mi furor y la habilidad de mis argumentos contra los Jesuitas, quienes eran enemigos formidables, que a pesar de ser un novato con apenas una veintena de años encima, era muy respetado y los aplausos me seguían por todos lados. Yo estaba en la gloria.
Sin embargo, debido a mi “humildad”, me decía a mí mismo que sólo era un servidor indigno de Nuestro Señor y me paseaba por Versalles con un aire de asceta severo. Creía poseer una gran autoridad espiritual sobre otros nobles, la misma autoridad de la que durante años habían gozado los Jesuitas.
En ese tiempo, estaba contento conmigo mismo, había logrado mucho en poco tiempo y por mis propios méritos. Obviamente, el pertenecer a una familia importante y haber recibido una esmerada educación, supervisada por mi tío, resultaba una gran ayuda, pero atribuía a mi propio talento el haber ganado la más alta estima de los privilegiados.
Resultaba ridícula la manera con la cual me engañaba a mí mismo cubriendo con un manto de virtud lo que no era más que vanidad. Me regocijaba no solo en mi intelecto y en mi intachable conducta, sino también en mi apariencia, porque sabía que no pasaba desapercibido y disfrutaba cuando ante mí se ruborizaban las damas y los hombres se intimidaban.
Poseía las dotes naturales de mi familia: un rostro atractivo, rectangular, pero con rasgos suaves; nariz recta, bien proporcionada, labios gruesos y ojos grises, como los de mi madre. También mi cabello era semejante al de ella: rubio oscuro. En esos años, lo llevaba siempre corto y oculto bajo la peluca blanca, como era común entre los abates.
Yo era esbelto y muy alto, aquello me daba ciertos aires de superioridad y gozaba de que pocos pudieran verme a la cara sin tener que levantar la cabeza. La verdad es que interiormente no era más que un enano suplicando reconocimiento y temiendo a cualquiera que pudiera hacerme sombra; recuerdo que, a pesar de haber sido tan agraciado por la naturaleza, me amargaba pensando que mi hermano mayor era más atractivo y causaba un mayor impacto en los demás, mientras que yo, con una eterna cara de niño, debía esforzarme para que me tomaran en serio.
Gracias a mi empeño, había logrado tan buena fama que una importante familia me invitó a permanecer con ella durante un tiempo indeterminado. Deseaban que les ayudara en la reforma de su hijo menor: el muchacho había ingresado como novicio con los Jesuitas hasta que su padre lo arrancó a la fuerza de sus garras. Como había hecho varios intentos de escape para volver con ellos, su familia quería que yo dispersara de su cabeza todos los errores y malas influencias que le habían sembrado.
Nada me resultaba más agradable que hacer esto y, a la vez, introducirlo en la doctrina que yo seguía. Era como ganar un territorio más en nuestra larga guerra. Pero el muchacho resultó ser... especial.
¿Especial? ¡Qué palabra tan inadecuada para describirte, Maurice!... Mas, por ahora, no puedo usar otras; sería adelantar mi relato y nadie podrá nunca entender lo que llegaste a ser en mi vida sin conocer toda la historia. Yo mismo a veces me siento confundido sobre ti, porque siempre conservaste un aura de misterio inabarcable.
—¡Todo es culpa de su madre! —Explicó el Marqués Théophane de Gaucourt cuando quiso ponerme al corriente de la situación—. Ella vivía en España con él; por ser el más pequeño permití que se lo llevara, ya sabe, pero esa loca lo dejó entrar al convento de esos miserables. El muy ladino me pidió permiso para hacerse Jesuita muchas veces y, por supuesto, me negué. ¡Lo que menos imaginé es que me escribía desde esa cueva de zorros!... Vine a enterarme de todo hace unos meses, cuando ella murió y quise hacerme cargo de mi hijo.
—¿Cómo es posible? ¿No fue a visitarlo alguna vez?
—Cuando era pequeño, sí, pero luego no pude hacerlo. —El pobre hombre mostró honda pena en su rostro surcado por los signos de una larga y azarosa vida—. Ella era una mujer difícil y nunca dejó que volviera a acercarme a mi hijo desde... En fin, no viene al caso…
El Marqués había enrojecido de vergüenza mientras hablaba; al lanzar una mirada furtiva sobre la joven que estaba sentada a su derecha, y que me había sido presentada como la señora de la casa, comprendí la situación.
—¿Cuántos años pasó su hijo con los padres Jesuitas? —pregunté para dar por terminado el asunto, no me interesaba ahondar en la moral de mi anfitrión. Mi único interés era asestar otro golpe a mis enemigos.
—La insensata de Thérese lo envió interno al colegio de los Jesuitas desde los catorce años, de ahí dio el salto al Noviciado tan pronto como pudo.
—¿Cuánto le faltaba para hacer los votos?
—Esa es la cuestión: ya estaba listo para hacerlos y, por eso, ha querido escaparse. Piensa que, una vez que pronuncie sus votos, yo no podré hacer nada para separarlo de la Compañía.
—Pierda cuidado —le dije con una sonrisa llena de satisfacción—. El parlamento pronto prohibirá a la Compañía de Jesús mantener sus novicios, y a estos no les quedará más remedio que volver a sus hogares o buscar otra orden que los reciba. Es sólo cuestión de tiempo el que su hijo se convenza de que sus aspiraciones son vanas.
—Mi hermano no es el tipo de hombre que se rinde fácilmente.
La afirmación vino del otro extremo de la mesa, del hijo mayor del Marqués, Joseph, quien había tenido que salir en la noche tras su hermano y se había visto obligado a utilizar la ayuda de tres hombres para hacerle volver. También era el único que se había sentado a escuchar las razones del muchacho y el único que sentía respeto por éstas.
—Es muy firme en sus convicciones. Yo no tengo ninguna inclinación hacia los jesuitas, como no tengo interés por la religión, pero la fidelidad de mi hermano hacia ellos es algo que me sobrecoge. Lo dejaría hacer su voluntad si la Compañía de Jesús no estuviera al borde de la ruina en Francia.
—¡¿Cómo te atreves a decir eso?! —rugió el padre—. ¡¿Dejarías que fuera parte de esos traidores, usureros, que tienen pacto con el mismo diablo?!...
—¿Y, acaso, no es peor lo que usted pretende, padre? Él quiere ser Jesuita y usted quiere que este hombre le haga Jansenista... ¡Lo mejor sería sacar todos los crucifijos de esta casa y hacerle un hombre libre de ideas absurdas!
Dicho esto, se levantó de la mesa y salió del comedor. Su esposa, tan joven como la amante de su padre, fue tras él. ¡Vaya, una cena interesante! El padre, alguien que proclamaba ser jansenista como yo, pero de dudosa moral; el hijo mayor seguramente un ilustrado y el menor nada menos que un novicio jesuita. Mi trabajo consistía en demostrar que, entre todos, sólo yo estaba en lo correcto.
 A la mañana siguiente, tuve el honor de conocer al muchacho. Su padre me condujo hasta uno de los salones de la Villa, en el que acostumbraba encerrarse a leer. El Marqués veía aquello como un vicio, quería que su hijo buscara ejercitarse en la caza o disfrutara de los bailes que frecuentemente se daban en su palacio de París; el resto de la familia pensaba que el muchacho prefería mantener vida de monje sólo para llevar la contraria; pues, cuando su carácter salía a relucir, no había en él ni el más mínimo recato monástico, lo describían como orgulloso, autoritario y con un gran talento para incordiar a todos. Yo estaba ansioso por conocerlo...
El Marqués abrió la puerta de la habitación sin avisar. Lo primero que apareció ante mi vista fue una gran estantería llena de esculturas orientales, un gusto extraño de la nueva señora de la casa, según comentó el viejo. Entramos y tuvimos que girar a la derecha para ver al jovenzuelo en cuestión, estaba sentado en el marco de una de las ventanas, concentrado en un libro, y no se molestó en mirarnos.
El sol entraba con todo su esplendor por la ventana, confiriéndole al muchacho una imagen bastante particular; años después, reconocería que me pareció hermoso. Lo primero que llamó mi atención fue su cabello: era rojizo, muy abundante y un completo caos de mechones que ocultaban buena parte de su rostro. También me fijé en que vestía con una sencillez que no se esperaría en la casa de un Marqués. Había un aire tosco en él.
—Maurice, este es Monsieur Vassili Du Croisés. Será nuestro huésped por unas semanas, muestra tu hospitalidad.
Su hijo no dejó traslucir ninguna emoción. Se acercó y, cuando levantó la cabeza, pude descubrir su rostro debajo de la melena inmisericorde. Era un ovalo del más delicado alabastro, adornado por unos enigmáticos ojos de color verde y dorado, una delicada nariz, y aquella pequeña boca de labios carnosos y rojos que tanto extraño...
¡Ah! Maurice era en esa época un jovencito menudo y frágil, tanto que provocaba dudas respecto a si en verdad había cumplido los veinte años. Pero más valía no dejarse engañar por su apariencia y reparar en esa mirada desafiante que apenas lograba disimular.
—Espero que encuentre agradable su estadía entre nosotros — dijo con una mezcla de indiferencia y cortesía.
Yo asentí amablemente y no pude menos que reírme por lo bajo de la cara de asombro de su padre, éste estaba tan confundido que me arrastró fuera de la habitación tan pronto como pudo.
—¡Este muchacho...! Yo esperaba que quisiera sacarle a patadas y en cambio se ha mostrado muy civilizado.
—Bueno, él no conoce nuestras intenciones.
—¡Ja, no lo subestime! Le aseguro que las adivinó antes de que yo abriera la puerta. Es un demonio de muchacho —dijo esto con una amplia sonrisa cargada de orgullo y satisfacción. Al ver mi cara asombrada, pensó que se debía a la expresión poco cristiana que había usado—. ¡Perdón!, quise decir...
—Le comprendo.
Y comprendí otras cosas, aquel viejo estaba fascinado por la personalidad de su hijo. Pude palpar algo de la ternura que el Marqués sentía por éste y me conmoví, incluso sentí algo de envidia, pues mi padre siempre fue autoritario y distante. Théophane, en cambio, era un padre amoroso y abierto, que veía a sus dos hijos como regalos ante los cuales maravillarse. Todo su empeño por doblegar a Maurice venía de un afán por protegerlo y mantenerlo a su lado.

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