9/10/11

Engendrando el Amanecer - Capítulo III

Ya nos vamos acercando a la trama principal, mejor dicho, en el próximo capítulo comienza realmente la historia, estos tres primeros han sido el prólogo.

Espero poder captar el interés de  personas que quieran darle la oportunidad a mi novela y al leerla se enamoren de los personajes que he creado, yo realmente les tengo cariño.

Engendrando el Amanecer tiene dentro una apuesta sobre lo que es la vida y lo que somos los seres humano y cómo el amor puede transfigurar todo. Pero también habla de la justicia y la injusticia, del poderosos y de sus victimas, de la familia y de los infiernos familiares...

Ojalá logre desarrollarla correctamente y terminarla.

He comenzado a trabajar otra vez y estoy en el último año de  la universidad, va a ser bastante difícil. Sobre todo porque quiero dibujar y hacer otras cosas... ¡Y leer manga y ver anime por supuesto!, je je



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Pensar que Maurice se había olvidado de volver con los Jesuitas fue un gran error. Su padre y su hermano no le conocían realmente y yo no tenía idea de lo que era capaz de hacer este encantador jovencito, con la inteligencia más despierta y el rostro más bonito que yo había encontrado en toda mi vida.
Nunca hubiera adivinado la firmeza de su determinación, ningún obstáculo fue suficiente para hacerle desistir de lo que se proponía, hasta parecía volverse más ingenioso en la medida en que aumentaban sus problemas. Creo que no miento si digo que mi amigo disfrutaba el tener al mundo en su contra, podía darse el gusto de saltar sobre nosotros y dejarnos atrás mientras corría hacia su objetivo... Sí, definitivamente Maurice era una de esas personas a las que no se debe juzgar por su apariencia, su fragilidad exterior escondía una implacable obsesión, él nos enseñó a todos que no debíamos subestimarlo nunca.
—¿Nápoles...? —exclamó el viejo al escuchar de los labios de su hijo las palabras más inauditas—. ¿En serio quieres acompañar a Raffaele?
—Él insiste en que me fascinará el viaje y hace tiempo que no veo a mi tío...
—Cierto, cierto, tu tío te quiere mucho y ha estado muy preocupado por ti... Me parece excelente que vayas a verle. Además, en Nápoles, las mujeres son muy hermosas, la madre de Raffaele era el mejor ejemplo de eso, quizá hasta te enamores...
—Sinceramente, padre, prefiero las mujeres francesas y, de todas formas, no es para eso que voy...
Así se acordó el viaje. Para el Marqués era una oportunidad de oro: quería que su hijo experimentara la vida a la que renunciaría de hacerse Jesuita, que esa vida lo envolviera en sus brazos con la seducción de una amante, y que el pequeño Maurice encontrara en sus labios la ambrosía de los dioses.
—Este viaje es una oportunidad para alguna aventura y más si lleva de compañero al bribón de Raffaele —se jactó cuando hablamos en privado—. Seguramente Maurice regresa enamorado.
—La Iglesia perderá uno de sus ministros...
—La Iglesia agradecerá un Jesuita menos...
—Ah, yo no tenía intención de permitir que llegara a serlo. Es lamentable que esta guerra se termine sin haber entablado la primera batalla.
—Pero usted le agradó a mi hijo, Monsieur, le ha visto con ojos de amigo. Eso es mejor, así siempre podré contar con sus consejos para alejarlo de los hábitos.
Me quedé un momento perplejo y luego me eché a reír, reí a carcajadas.
—¿He dicho algo gracioso? —preguntó consternado el viejo Marqués.
—¡Ya lo creo que sí!, se supone que debo hacer todo lo contrario... —Y seguí riendo, era el efecto de los días placenteros en aquella casa. El Marqués se unió a mí soltando una estentórea carcajada.
—¿Qué ha pasado aquí? —escuché decir a mis espaldas—. ¿Puedo conocer el motivo de tanta alegría? —Era Maurice.
Por supuesto, no podíamos decirle nuestras razones, sería caer sobre un tema desafortunado y él traía una sonrisa radiante.
—Cosas de viejos... —dijo el Marqués para salir del paso.
—¿De viejos? —replicó Maurice con picardía—. Eso se puede decir de usted, padre mío, pero Monsieur Vassili apenas es unos años mayor que yo, y me considero en la plenitud de la juventud. —Luego, enlazó su brazo con el mío con una familiaridad que me sorprendió—. No se deje injuriar de esa forma, mi buen amigo. Vamos a demostrarle a este anciano lo joven que es usted, ¿quiere acompañarme a montar...?
No pude hacer más que balbucir excusas tontas. Me sujetó con fuerza y me arrastró tras él; su padre se quedó protestando que también estaba en la plenitud de la juventud y sabía montar muy bien.
—Está usted de un humor exquisito —le dije mientras cabalgábamos por el bosque que rodeaba la Villa de los De Gaucourt.
—¿Eso le parece? Es curioso cómo podemos mostrarnos ante los demás. La verdad, mi amigo, es que estoy melancólico por el viaje.
—Exagera, apenas estará ausente unos meses. Claro que dejar Francia, aunque sea por poco tiempo, siempre entristece. ¡Francia no tiene comparación!
—Me gusta vivir en Francia porque aquí se encuentran las personas que amo. Cuando mi madre me llevó a España anhelaba volver aquí para ver a mi padre, a Joseph, a Raffaele y a mi tío. Pasé días muy tristes hasta que aprendí a conformarme con sus cartas y sus visitas... Espero que igual que, en ese tiempo, pueda acostumbrarme a vivir lejos de ellos.
—Deje de preocuparse por eso, se divertirá tanto en su viaje que no tendrá tiempo de echar de menos a su padre; aunque, no tarde en regresar, o el Marqués podría extrañarle tanto que pediría las alas para ir a buscarlo.
—Sí, lo sé... pero el pobre nunca tendrá esas alas, y yo... —No pude escuchar el final de su frase, espoleó su caballo y se lanzó a galope. Tuve que hacer lo mismo para darle alcance y ya no volvimos a tocar el tema, su melancolía parecía haber desaparecido.
¡Desgraciado de mí! ¿Cómo no sospeché nada? ¡Debí adivinarlo! Maurice nunca pudo resguardar completamente sus secretos, poseía una sinceridad que espantaba y muchas veces se metió en problemas por no ser capaz de guardarse lo que pensaba. Pude haber leído entre líneas lo que se traía entre manos y así evitar que se encontrara con su gran obsesión: ese lugar y esa gente que nunca olvidó y a la que siempre amó hasta el punto de sacrificarme incluso a mí por ellos. Si Maurice nunca hubiera emprendido este viaje, su vida hubiera sido completamente diferente y la mía también.
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