20/6/14

Engendrando El Amanecer Capítulo IX

Estoy muy contenta de publicar a fin el capitulo IX de mi novela Engendrando el Amanecer. Ha sido un retraso de mes y medio debido a que estuve concentrada en mejorar la estructura de la novela. He notado los beneficios de ese trabajo previo, ahora puedo avanzar más rápido y lanzar poco a poco las subtramas. Otra consecuencia es que este capítulo tiene el doble de páginas que los anteriores.

Tendremos personajes nuevos y nos adentraremos en ese mundo lleno de opulencia e intriga que es Versalles. La Relación entre Vassili y Maurice sigue cambiando  a un color más intenso y las preguntas no dejan de emerger. 



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Versalles, el palacio de Versalles, el lugar más hermoso hecho por el hombre aspirando emular en perfección al mismísimo Edén… Versalles, el monumento que Luis XIV erigió para sí mismo como  un  manifiesto de su poder absoluto…
Ese Versalles me abrió sus puertas como una amante falaz ante la que toda precaución era poca. Un segundón como yo no tenía esperanzas de ser invitado por su majestad para residir en palacio; podía ir y venir, para eso bastaba con alquilar un sombrero en la entrada, pero residir en uno de los apartamentos era otra historia.
Raffaele contaba con ese privilegio gracias a la amistad que existía entre Luis XV y su padre,  el Duque de Alençon. Aunque desde que se extinguió la dinastía de los Valois su familia no poseía ningún poder político, habían logrado mantener su relevancia amasando una fortuna gracias a buenos matrimonios, un manejo inteligente de sus tierras y  la heroica participación de algunos de sus miembros en las guerras de los últimos reyes de Francia.
También se hablaba, en voz baja por supuesto, de la buena disposición del Duque para  prestar grandes cantidades de dinero a cualquiera que estuviera dispuesto a pagar sus intereses,  de un tesoro escondido con el que se había topado en una de sus exploraciones por las costas africanas y de matrimonios secretos con princesas de reinos lejanos que le habían reportado dotes de valor  incalculable.
Importaba poco lo que tuvieran de cierto aquellos rumores, era más que evidente que Raffaele gozaba del favor del Luis XV y todos los nobles albergados en Versalles le sonreían abiertamente y le envidiaba en secreto.  Maurice y yo resultamos beneficiados involuntariamente de su aura y terminamos atrapados en un  lugar tan fastuoso como  lleno de ponzoña,  pues es bien sabido que no existen víboras más peligrosas que nobles de corazones  minúsculos luchando por el favor de su Rey.
Se les podría justificar alegando que pavonearse por los pasillos del palacio, mientras trataban de ocultar su insignificancia bajo telas finas y encajes exquisitos, era una ardua tarea;  que no era su culpa ser tan ridículos viviendo  cada día sin otra ambición que obtener de su majestad una mirada complacida porque, después de todo,  Versalles había sido creado para convertirlos en semejantes  personajes.
         Efectivamente, Luis XIV, nuestro anterior soberano, había construido Versalles para mostrar su magnificencia  pero también para anular a la Alta Nobleza. De niño, mientras su Madre, Ana de Austria, y el Cardenal Mazarino regentaban Francia,  había tenido que sufrir el ultraje de una insurrección protagonizada por los nobles conocida como La Fronda,  esta experiencia le escarmentó de por vida y no dudo que una de las razones por las que quiso sacar la Corte de París fue evitar que el pasado se repitiera, en Versalles podía aislarla del pueblo parisino, tan presto a levantarse cuando tenía quien le animara a ello. 
         Según escuché, al principio simplemente se trató de un capricho de Luis XIV,  quien quedó cautivado por un Coto de Caza de su padre, Luis XIII, y quiso acondicionarlo a su gusto. Encomendó a los mejores arquitectos del Reino embellecer el lugar. Poco a poco el antiguo edificio fue transformado, ampliado y embellecido con jardines y fuentes hasta el punto de servir de referencia a todos los demás reinos.
Puesto que Luis XIV no podía estar satisfecho sólo con eso, era necesario que hasta las paredes hablaran de su grandeza por lo que ordenó llenar cada rincón de alegorías al Rey Sol, como le gustaba ser llamado,  y frescos que le dieran a su reinado un carácter de epopeya.  Determinó  además que dentro del palacio se siguiera una liturgia de adoración hacia su persona, haciendo girar  la vida en Versalles en torno suyo a través de ritos que determinaban el comienzo y final del día y en los que  las lisonjas tomaban el  lugar de las plegarías.
Desde la mañana un centenar de nobles tenían la  fortuna de ver levantarse al Rey de la cama; algunos privilegiados eran favorecidos con la tarea de ayudarle a vestirse y todos esforzaban por sazonar el desayuno que su majestad disfrutaba con halagos y frases ingeniosas. En esto podía perderse la mitad de la mañana.
Luego el Rey despachaba sus asuntos y los cortesanos podían disponer de varias horas para sí mismos.  Pasado el medio día,  el soberano de Francia solía ir de cacería, la gran pasión de todos los Luises. Al volver cenaba frente a los cortesanos para luego disfrutar de algún entretenimiento como el teatro, la música o el baile.
El día terminaba como se había iniciado, en la alcoba del Rey donde los mismos nobles que le habían ayudado a vestirse eran honrados con privilegio de asistirle al ponerse el camisón de dormir. Algunos incluso se quedaban entreteniéndole unas horas más.  Era bien sabido que, una vez solo,  el monarca abandonaba su alcoba para ir a hundirse entre las sábanas de su amante de turno.
Versalles era de esta forma una trampa con la que Luis XIV anuló a la nobleza aislándola de París, concentrándola a su alrededor, agasajándola hasta hacerla sentir agradecida por permanecer entre barrotes dorados, consagrada a complacer a su soberano en el más mínimo capricho a fin de gozar del privilegio de admirarle cada vez más cerca.
Sigue...
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