25/11/15

Relato - Tus mentiras son más atractivas que la verdad

Hoy inauguro una colección de relatos cortos de todo tipo. Espero que les guste el primero. Lo escribí para la revista online Yaoi Niwa. Debía constar de mil palabras. Creo que es lo más corto que he escrito en la vida. Es un romance gay, para todo público. 



***

Sé que te hago daño. No hay que ser psíquico para saberlo, basta con tener un poco de sentido común. Pero insistes en esconder detrás de una sonrisa toda la frustración que te causo.

Te conozco bien. Estoy seguro que no te agrada nuestro convenio y que lo has aceptado porque estás desesperado por tenerme a tu alcance. Fingir que eres un tipo moderno, capaz de aceptar una relación abierta, ha sido la actuación menos creíble que he presenciado en mi vida. Y mira que he visto actores mediocres en mi línea de trabajo, pero tú te has llevado la frambuesa.

¿Y todo para qué? Para que aceptara seguir saliendo contigo. Vamos, deja de ser idiota, Agustín. Reconoce de una vez que estás enamorado de mí y deja de fingir que esto no es más que sexo consensuado. Tú no eres capaz de eso; eres un romántico. Pero, gracias. Así haces todo más fácil, y el sexo contigo cada día alcanza otro nivel. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

Nos conocimos en la universidad, en la residencia de estudiantes. Yo estaba a media carrera cuando tú comenzaste con tu amada Biología. Te veía ir y venir por la residencia sin prestarte mucha atención, tenía mis propios problemas. No me iba muy bien balanceando dos carreras pero, si quería estudiar Artes Escénicas, debía sacar a la vez Literatura para cumplir con la única condición que me impusieron mis padres: estudiar lo que me gusta junto con algo que me diera de comer. Claro que ellos hubieran preferido Administración de Empresas.

Un día se armó un gran alboroto. Toda la residencia se declaró en estado de indignación colectiva, porque habían herido a un compañero en el campus.

Se trataba de ti, Agustín. Defendiste a una chica de un asaltante en el estacionamiento, y enseguida todas las facultades comenzaron a protestar exigiendo mayor seguridad a las autoridades universitarias. Nadie pudo tener clases durante dos días. Al final, simplemente agregaron un vigilante más a la plantilla de empleados.
Tú no tenías familia en la ciudad y el teléfono que habías anotado en tu ficha no funcionaba, así que entre los otros miembros de la residencia nos turnamos para cuidarte en el hospital universitario. Tenías una bonita puñalada en el abdomen. La cicatriz todavía se nota. Te salvaste de milagro, Agustín. Todos creímos que te ibas a largar al otro lado, pero eras un tipo terco... Y muy atractivo, por cierto.

No me había fijado antes en ti porque soy algo miope. Pero, cuando pasé aquella noche a tu lado, tuve mucho tiempo para fijarme en cada detalle de tu rostro. La idea de que te ibas a morir te dio un plus, creo.
Sin embargo, el terrible flechazo vino cuando despertaste. Estabas confundido y asustado. Una vez que te explicamos tu situación, te calmaste y nos agradeciste a todos. Eras muy agradable.

Al fin logramos avisar a tu familia. Tu madre llegó hecha un mar de lágrimas. Tú padre era un tipo muy formal y no hacía más que lamentar tu decisión de venir a la capital para estudiar, cuando en tu ciudad había excelentes universidades. Te trasladaron a una clínica, ya no te vimos hasta que regresaste a la residencia como un héroe.

Nos hicimos amigos. Un día confesaste que quisiste vivir en la capital para poder respirar libre. Eras gay, y tus padres nunca te lo perdonarían. Yo te mentí. Te dije que no me importaba, que me parecía genial que supieras lo que eras.

La verdad es que me impresionaste. Nunca me había planteado mi propia sexualidad. Salía con mujeres desde joven, porque era lo que tenía que hacer, pero siempre me habían gustado los hombres también.

A los catorce me toqueteé con un amigo en un campamento vacacional. Desde entonces, no perdía oportunidad para experimentar cuando veía algún atractivo gay dispuesto a un buen polvo. Mis novias nunca se enteraron de eso. Cuando me dijiste tu secreto, te convertiste en mi próximo objetivo. Ya fantaseaba contigo desde aquella noche en el hospital.

Nuestra relación tuvo todos los colores que hacen interesante la vida, hasta que tuvimos cierta conversación.

—Gerardo, ¿qué somos?

—Amigos con derecho —respondí.

—Yo quiero algo más...

—Ya sabes que eso no va conmigo. Además, no eres el único con el que me estoy acostando.

—Esa chica de Derecho...

—No, con ella terminé por tu culpa. La descuidé, y no le gustó. Estoy saliendo con la morena de tetas enormes que está en Literatura, y la bajita de cabello azul que se cree directora de cine .

—¿Cómo puedes...?

—Lo mío no es amor, Agustín, sino polvos y de los buenos. Tú, por cierto, eres el mejor.

Después de eso, todo se arruinó. Me hiciste una escena en la que declarabas tu amor eterno, y yo me burlé. Te marchaste de tu propia habitación, no volví a verte hasta que te busqué con otros compañeros por todas partes. Te encontramos borracho en casa de un amigo mutuo, que ya se disponía a comerte vivo.

Fue entonces cuando se descubrió que yo jugaba en los dos bandos. Debo decir que agradecí tener amigos de mente abierta. No me condenaron por mi orientación sexual, sino por ser un hijo de puta que jugaba con los sentimientos de un romántico ingenuo y gay como tú, Agustín.

Hasta las chicas con las que me acostaba se declararon a tu favor. Oficialmente, quedé vetado en todas las vaginas y culos que conocía hasta que no me disculpara contigo. Todo el mundo te amaba por ser el "héroe del estacionamiento que casi muere por defender a una compañera".

Claro que había bravucones que me gritaban maricón cuando pasaba, pero ya lo habían hecho desde el primer día que pisé la universidad. Mis piercings, el corte a la última moda y mis tatuajes me hacían destacar, junto con mis excelentes notas y mi indudable talento para el teatro.

Tú, en cambio, saltabas de miedo. Siempre vestido formalmente, siempre disimulando tu condición. Siempre anhelando una relación seria. Fue asfixiante tenerte suplicando que te amara, y a todos nuestros amigos animándome a que lo hiciera. Seguí la corriente hasta que terminé mi carrera, entonces te dije adiós.

Juraste que no llorarías y no lo hiciste. Nos despedimos como amigos. Yo me fui al extranjero a buscar nuevas experiencias, no me esforcé por mantener el contacto. De hecho, te evadí.

Cuando regresé al país, ocho años después, con varias obras de teatro escritas y cierto reconocimiento como actor, me buscaste. Ya no eras el mismo joven tímido de antes. Tenías un buen trabajo en un laboratorio, un apartamento propio y un cuerpo mejor cuidado que el mío. Yo soy de los atractivos naturales que no necesitan mucho gimnasio para deslumbrar. Tú eres de los que aman el baloncesto.

Fuiste muy listo. Para que no huyera, me dijiste que estabas con alguien. Que me recordabas como un buen amigo, que no podías creer lo tonto que habías sido por tomarme en serio. Salimos un par de veces y terminamos en la cama más pronto de lo que te esperabas. La verdad es que te extrañaba.

Nuestros eventuales encuentros se fueron haciendo cada vez más frecuentes. Sin embargo, un día cometiste el error de preguntarme si tenía pareja. Te dije la verdad, que no deseaba compromisos, que era un agente libre, que si querías algo conmigo debías aceptar esas condiciones.

—Es exactamente lo que estoy buscando —respondiste—. Estoy cansado de relaciones serias.
¿Quién podía creer semejante cosa? Fingí hacerlo porque así podía tenerte para mí, sin obligaciones ni escenas lacrimosas.

Sé que sufres cuando llego tarde a nuestro apartamento, que crees que te engaño, que soportas todo porque llevas enamorado de mí más tiempo del que quieres reconocer. Me gusta ver cómo intentas disimular tu naturaleza y esconder lo que sientes. No sabes lo sexy que te ves al mentir.

Sin embargo, no quiero verte llorar por mí jamás. Prefiero que seas prepotente, tentador, que finjas desinterés, y que ocultes el anillo que compraste hace meses y con el que sueñas proponerme una relación formal algún día.

Me gusta esa fantasía que has montado con tus mentiras. Me gusta porque quiero creer que soy libre, que no he sido atrapado por tus bellos ojos y el sabor de tus labios desde el primer día que los probé.

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