9/12/16

Estereotipos, prejuicios, valores, puntos de vista y otros demonios a la hora de escribir

Hoy escribí durante una hora antes de irme a trabajar y me quedó una sensación extraña. Sigo desarrollando la segunda parte de Engendrando el Amanecer #EEA2, estoy haciendo la transición del segundo arco al tercero y ahora toca un capítulo que uno puede llamar de relleno, aunque al final se verá que no lo es. 

Narra la manera en que los dos protagonistas se adaptan a vivir juntos después de pasar por muchas cosas. Pensé que se podría calificar la situación como "Post Luna de Miel",  pero Maurice no quiere definir su relación con Vassili en los mismos términos en que se define la relación entre un hombre y una mujer. No permite que le hablen de boda, pues nunca quiso casarse con nadie, e insiste en que simplemente son dos hombres amándose. 

Cuando me vi  en semejante lío, recordé a cierto amigo que es como el cometa Halley: aparece y desaparece cada cierto tiempo, y sus lecciones sobre "Cómo son las relaciones homosexuales para Dummies". Según él, las mujeres escritoras influenciadas por el yaoi no damos una imagen real de las relaciones gays en nuestras novelas. Él es bisexual así que se supone que sabía de lo que hablaba.


Cuando me dijo esto agradecí que nunca asumí el canon de uke-seme, tan usado en este tipo de historias, por lo que no lo expreso en mis novelas, aunque imagino que algún otro vicio tendré. Constantemente me preocupa si soy capaz de representar la realidad de una relación gay o si hago una mala caricaturas de esta.


Este asunto no es una tontería, se trata básicamente de que podemos estar superponiendo el estereotipo de las relaciones heterosexuales a las relaciones homosexuales y con esto podemos empezar a sumar problemas muy comentados hoy en día como: los roles de género, el heteropatriarcado, el machismo, el feminismo y cuando ismo se nos ocurra. 

Es como una madeja que en cuando tiras de un hilo se revela como una masa amorfa y muy enredada de relaciones interpersonales mal planteadas. Considero que hay que hacer el esfuerzo por romper estereotipos en las novelas pero sin que esto se vea proselitista, de manera que al final no te quede un manifiesto en lugar de una historia interesante. Lo que no se debe hacer es dejar de gastar las neuronas en revisar qué refleja  lo que escribes. 

En mi caso, sé que mis escritos reflejan mi asperger. No nos vamos a engañar: soy asperger y veo el mundo de la manera en que mi condición me lo muestra y no puedo “escribir como si no fuera asperger”. Alguien me dijo que ese era incluso uno de mis atractivos: la garantía de una diferencia que algunas personas pueden estar buscando. No sé si será mi ventaja o mi condena, pero es lo que hay. 

También refleja mis puntos de vista, mis esquemas mentales, mi sistema de valores, mis experiencias, todo lo que he leído en todos estos largos años de vida, mi imaginación,  mi tendencia a crear tramas en espiral y el golpe de suerte que tuve cuando una musa lanzó una idea y a mí me cayó en la cabeza. 


Me crié en una familia llena de prejuicios. Mi madre y mi padrastro son de la zona andina de Venezuela, zona fronteriza con Colombia,  donde además  hay pocos afrodescendiente. Los dos provienen del campo y se desplazaron muy jóvenes a las ciudad. Ella estuvo interna en un colegio de Agustinas y él estudió en un seminario diocesano por unos años pero sin vocación de otra cosa que sacar una carrera que le diera prestigio social. Resultado: Son machistas, racistas, xenofóbicos, católicos tradicionales con fuerte tendencia al rigorismo jansenista y, tan tan tan taaaan,  homofóbicos. 

Yo, por supuesto, absorbí todo eso. Ya de niña cuestioné ese sistema de valores. Lo primero contra lo que me revelé fue el machismo: en mi casa los hombres eran tratados como dioses y las mujeres como sirvientas. Eso me indignaba porque claramente veía que yo era igual que mi hermano y mi mamá era no solo igual, sino mucho mejor persona en todos los sentidos que el energúmeno de mi padrastro. Pero ella insistía en colocarse bajo la suela de su zapato y nos empujaba a sus hijas a hacer lo mismo. 

También me pareció inapropiado el odio al extranjero que se expresaba en casa: el 70% de nuestros vecinos venía de Colombia y a mí me caían bien. Como asperger, confiaba en todo el mundo y todo el mundo me parecía igual. No entendía por qué  la palabra “colombiano” era pronunciado con asco. 

Luego tuve amigos afroamericanos, quienes eran minoría  en el colegio: uno por salón. Descubrí que era racista cuando uno de ellos me pidió que fuera su novia. Me di cuenta de que por su color de piel nunca lo había considerado atractivo ¡Y sí lo era! ¡Y también una bella persona! Igual la relación no odía funcionar: nuestros gustos en todo no podían ser más divergentes y yo estaba enamorada de su mejor amigo. Este me dejó de hablar para que él tuviera oportunidad causándome toda una conmoción por meses… ¡Ah! ¡Qué tiempos aquellos! Pero no pensaba hablar de eso XD. 


Lo que quiero decir con tanto rodeo, es que fui descubriendo en mi interior cosas que no me gustaban y que provenían de mi familia y de nuestro contexto socio-cultural. Tuve que ir desmontando esa estructura para poder interpretar el mundo de una forma más humana y real. 

Lo más pintoresco de este proceso fue deshacerme de mi homofobia. En mi casa no había nada peor que un “marico”. Mi padrastro tenía miedo de que mi hermano se le desviara por tener tres hermanas y pasar tanto tiempo entre nosotras, así que había una orden de restricción hacia mis muñecas. 

Yo jugaba con mi hermano creando mundos fantásticos de plastilina, desde dinosaurios hasta hadas. Tuve una sola Barbie que era exploradora un día y jedi otro día. Las demás muñecas tipo bebé siempre quedaron relegadas a ser adornos. Nunca jugué a ser mamá. 

Me encantaba hacer naves espaciales con cajas o tener un cuartel de G.I. Joe en cada closet de la casa, usando los carritos y soldados de juguete de mi hermano. Mi padrastro no podía acusarme de “mariconear”  a nadie. Por cierto, hasta el día de hoy mi hermano lucha por librarse de su homofobia y no lee nada de lo que escribo. 

Yo, por mi tendencia a contradecir al orden establecido, no llegaba al grado de rechazo que imperaba en mi familia, sino que consideraba la homosexualidad como algo “No natural”. Cuando tuve una compañera en la universidad que creía ser lesbiana a ratos y a la que otra, claramente lesbiana, andaba rondando, solía tener una larga disquisición con ella diciéndole que lo suyo era un problema de identidad sexual en camino de definirse. Dudo que se sintiera comprendida por mí. 

Por suerte ya para esa época yo había tenido mi primera crisis existencial y de fe y había hecho el éxodo de la religión de mis padres a la verdadera fe cristiana católica (para algo tenía que servir estudiar con jesuitas y hacer ejercicios espirituales), así que no consideraba la homosexualidad un pecado o no consideraba que Dios viera a los homosexuales como pecadores. 

Sobre esto permítanme decir que fue realmente liberador cuando dejé de ver a Dios como lo veía mamá y mi estúpido padrastro. Fue un proceso muy duro liberarme de su jansenismo, de su rigorismo, de esa imagen de Dios castigador implacable y pasar al “Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo”.  

Tardé tres años en asumir que Dios nos ama gratis y no por los méritos que ganamos. ¡Tres años sólo en asimilar esta experiencia! Por eso estudié teología, porque mi imagen de Dios fundamentaba todos mis esquemas de interpretación de la realidad y necesitaba quitar el lastre que quedara. Fue una suerte ser latinoamericana y poder estudiar teología de la liberación porque la teología tradicional esta coja de una pata… por decirlo de alguna manera. 

Lo cierto es que al dejar el rigorismo, me fui un poco al otro extremo y consideraba que todo estaba permitido. Que las cosas eran algo bueno o malo “tanto en cuanto el fin que se les daba” y  que en lo único que acertó San Agustín fue en su “Ama y haz lo que quieras”. 

Me volví relativista. Algunas abuelas de la familia me acusaron de no ser ya ni cristiana, cuando en realidad mi relación con Dios se había sincerado 100%.  Me convertí en una persona más benevolente, que no señalaba a nadie más que a los rigoristas y ultraconservadores de la derecha católica por amargados. 

Volviendo al tema literario, cuando empecé a escribir historias con personajes gays, por influencia de los mangas de CLAMP, ninguno de mis protagonistas terminaban juntos. De hecho, en la primera versión de Engendrando el Amanecer, Maurice volvía con los jesuitas y se hundía con ellos en el desastre que fue la supresión. 

Esto se debía más a que tenía un problema serio respecto a relaciones interpersonales que a los  resquicios de mi homofobia. No creía en el matrimonio, algo lógico después de ver el panorama en casa, y dejé de creer en la gente después de sufrir bullying en mi trabajo, cosa que me llevó a tener ideas suicidas, deprimirme e ir a terapia para salvarme (de eso hablamos otro día). 

Fue entonces cuando descubrí que yo era Asperger y amaneció para mí. Saber que efectivamente tenía razón, que era diferente y que además tenía derecho a serlo, me hizo nacer de nuevo porque al fin supe quién era yo. 

Además, descubrir que era Asperger me ayudó a romper con lo que quedaba de mis prejuicios. Saberme de una condición diferente y miembro de una minoría me permitió ponerme en los zapatos de todas las minorías. Compartía con ellos el haber sufrido incomprensión, bullying y esa condena a mi diferencia como si fuera pecado salirse del molde que se cree establecido. 

Por otro lado, resultó que, según  mi psicóloga, yo tenía pensamiento masculino. Mi propia sexualidad quedó al descubierto: Soy una mujer que piensa como hombre y le gustan los hombres, el misterio estaba resuelto: ¡destapen la champaña!

De repente entendí mi tendencia a utilizar protagonistas masculinos para expresarme a mí misma y la manía de leer los Mosqueteros de Dumas como un gran bromance. Se podría decir que de niña escribía cuentos al estilo del anime de Candy Candy pero sin Candy y con muchos Terry, Anthony y etc. 

Cuando empecé a leer yaoi y novelas homoeróticas, vi que era mejor cuando la relación llegaba a afectar todas las dimensiones de la persona y no se quedaba en algo platónico. Además, la sexualidad es una dimensión de nuestra existencia que debe ser vista como tal, ni absolutizarla ni estigmatizarla, no debía dejarla fuera de mis historias. 

Las relaciones tóxicas que ahora abundan en los mangas yaoi y las novelas homoeróticas pueden surgir de patrones que han sido interiorizados sin cuestionamiento. También de estrategias de marketing, cosa que me parece criminal. Producir una historia llena de antivalores porque está de moda y garantiza más lectores, es lo mismo que lanzar dióxido de carbono al ambiente o contaminar ríos porque no quiero disminuir mis ganancias. 

De haber mantenido los prejuicios que me enseñaron de niña seguramente escribiría esas relaciones toxicas como positivas sin darme cuenta. Veo claramente la manera en que todo mi proceso de está reflejado en mi novela, y la forma en que está expresado en sus personajes. Esto fue por una parte planteado y por otra algo espontáneo y sin premeditación.  

Los personajes fueron creciendo tomando de lo que encontraban dentro de mí y sin darme cuenta Vassili tenía todos mis prejuicios y Maurice todas mis búsquedas. Luego se alejaron y se convirtieron en alguien más. Raffaele, por su parte, es terreno desconocido y Miguel representa un esfuerzo por entender a alguien completamente distinto a mí. Pero no podría crearlos o incluso aceptarlos, sin las experiencias vividas hasta ahora.  

Lo que trato de decir es que todo lo que somos se refleja en lo que escribimos. Ya sé que no es una novedad, pero hoy me dio por darle vueltas al asunto. El problema radica en que podemos carecer de criterio para reconocer si lo que consumimos y producimos tiene pies y cabeza. Por ejemplo, cuando viene alguien y escribe “Ese uke está violable” yo no puedo dejar de pensar en qué demonios tiene por dentro. Como lo único que hace es leer chatarra pues eso produce. 

Supongo que cuando somos adolescentes corremos el riesgo de no tener las cosas bien dibujadas y tendemos a reciclar ideas y situaciones que hemos visto en las historias que nos gustaron. Otro ejemplo: el año pasado mi sobrina me dijo que estaba escribiendo cuentos, me emocioné un montón. Como lo que me narró fue  un calco de Crepúsculo y Teen Wolf, casi me da un infarto. Luego me acordé que a su edad yo hacía prácticamente fanfics de Star Wars y los Thundercats y se me pasó. 

El criterio se forma a veces a los golpes. Recuerdo que no le daba importancia a la repetida aparición de violaciones en los mangas yaoi y las novelas homoeróticas hasta que me encontré con la página de facebook “No a las violaciones positivas”, conversé el asunto con mi amigo el cometa, leí las opiniones de Sofía Olguín y otras personas y me di cuenta de que el asunto era grave. Cambié una escena de la novela por esa razón y decidí enfocar de otra manera a un personaje.

Sin importar la edad, y aunque no escribamos novelas, es necesario cuestionar nuestro sistema de valores y descubrir desde dónde miramos al mundo, quiénes somos, qué queremos decir y hacer, en qué creemos, a quién amamos y odiamos. En una palabra, toda persona necesita conocerse y esto implica desmontarse pieza por pieza y volverse a construir. 

Si todas nuestras historias van a reflejar nuestro mundo interior, imaginen la clase de relaciones tóxicas que podría haber descrito si no me libro de todo el lastre que mi contexto social, cultural y familiar me instaló dentro. Cuando leo las cosas que escribí hace años y lo que escribo ahora, veo que he avanzado en humanidad. Aún me queda mucho por mejorar pero me alegro del camino recorrido. 

También veo necesario liberar mis historias de mis propias limitaciones. El capítulo en el que estoy trabajando me resulta difícil porque la cotidianidad no es lo mío. Me sorprendí siendo incapaz de narrar una escena sin drama, con Vassili y Maurice tratando de aprender a vivir juntos. 

Tuve que poner mi imaginación a funcionar, meterme en la piel de mi personaje, dejar de ser Eme para crear algunas escenas coherentes. Pero no hubiera logrado hacerlo sin ser consciente de mí manera de ser y pensar. Al final ha sido divertido porque  las personalidades de Vassili y Maurice son perfectas para todo tipo de escenas cómicas. 

Por supuesto que quienes me leen ya se imaginan lo que va a pasar después de este capítulo: ¡Al fin llegamos a las escenas más importantes de la novela! ¡¡El tercer arco es el clímax de toda la historia!! ¡¡Los hilos de la telaraña se van a tensar hasta romperse!! ¡¡¡Soy tan feliz!!! 

No puedo despedirme sin decir: ¡¡¡Muajajajajajajaja!!!

Gracias por leer ;)


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