11/11/17

Escribir ficción y protestar la realidad

Algunas veces al escribir ocurren cosas inesperadas. Empiezas en un punto del camino, marcas la ruta hacia la meta y... simplemente te desvías. Ya que una imagen vale más que mil palabras, ilustremos lo que digo con una captura de pantalla: 


Este desastre es lo que falta por escribir del capítulo VIII de Engendrando el Amanecer II. Lo llamo desastre porque cada parte coloreada es la descripción de una escena diferente y básicamente tengo material para otro capítulo extenso o arco argumental. Y eso no debe pasar. Hay que terminar la novela, no convertirla en algo infinito.

Cualquiera pensará "problemas de novato", "debió hacer un esquema, organizar las escenas que quería por capítulo, etc, etc". La verdad es que muchas de esas novatadas las pasé escribiendo el primer libro y para el segundo pensaba que tenía la lección aprendida.

Como saben, estoy publicando mi novela de ficción histórica, Engendrando el Amanecer, en un blog y en Wattpad. Lo hago porque es divertido y me ayuda a superar muchas de mis trabas. La presión de la fecha de actualización me empuja a escribir y se podría decir que comparto el primer borrador con muchos lectores cero. 

Sus impresiones me ayudan mucho. No sólo por los ánimos y el cariño que me dan, sino también porque veo las reacciones que causa lo que escribo y, aunque suene raro, me permite comprender mejor mi propio texto, pues resulta que no tengo idea de cómo va a reaccionar la gente ante lo que escribo. Quizá que se deba a que soy Asperger o sea algo que le pasa a  todo el mundo. No hay tiempo de averiguarlo. 

El hecho es que antes de comenzar el segundo libro de EEA, ya tenía el esquema global y las escenas de cada capítulo organizadas. Además, en el Nanowrimo del año pasado escribí cincuenta mil palabras, la mitad de la novela. Todo estaba bajo control.  

Sin embargo, después de que comencé a transcribir, corregir, pulir y publicar los capítulos, decidí insertar en la trama nuevas escenas y darle mayor desarrollo a ciertos personajes. Además, quise mostrar cómo las relaciones interpersonales de los protagonistas se expandían y tomaban nuevos colores.

Detrás de todo esto estaba una necesidad personal, una cruzada: Yo necesitaba hablar contra el abuso sexual infantil. Quería hacer sentir horror y asco por los que se atreven a mancillar niños para su propio placer.

Por eso le di a Sorata, Xiao Meng y los  Alençon más páginas para mostrar sus heridas, y los niños del Palacio de los Placeres pasaron de ser simples nombres a historias completas que se extenderán hasta el tercer libro. 

Me preocupa que muchas personas que leen mangas yaoi se muestran muy tolerantes hacia tramas en las que un adulto tiene relaciones sexuales con un niño, un tipo de historias que se clasifica como Shota. Y, desde hace tiempo, en Wattpad se puede encontrar novelas con este tipo de situaciones escritas sobre todo por adolescentes, a pesar de que las reglas lo prohiben.  

Tengo razones para odiar el abuso infantil. En mi trabajo me he topado con historias muy tristes ante las que me siento impotente y harta. Así que uso la novela como catarsis. Es cierto que existe el riesgo de caer en el panfleto, pero ahí esta el reto: crear algo significativo y artístico. 

Quería mostrar lo que es un niño erotizado, lo que se siente cuando en plena infancia te introducen de manera abrupta en la genitalidad, dejándote vulnerable hacia una realidad que no estás capacitado para asimilar. Reflejar el silencio de las víctimas, el sentimiento de culpa, el caos emocional, la rabia violenta, sorda y muda, escondida bajo la piel, el impulso que no se sabe manejar... el quiebre de la niñez. 

Vale decir que también es descorazonador ver que se aplauden, idealizan y justifican historias en las que uno de los protagonistas abusa del otro en todos los niveles. Es preocupante que se relativicen o glorifiquen las las violaciones y las relaciones tóxicas ya sean entre adultos, heterosexuales o LGBT.

Leí mangas yaoi en los que pasaba estas cosas por alto, hasta que unos amigos me hicieron notar que lo único que estaba consumiendo era violencia y fantasías que no tenían relación con la realidad de las personas LGBT. Entonces me volví más selectiva.

En mi novela aspiro no hacer un discurso moralizante porque mi protagonista no es un santo. Es culpable de muchas cosas. En la galería de personajes de Engendrando el Amanecer hay quienes de víctimas pasaron a victimarios y buscan redención. Otros merecen la guillotina, pero ese artilugio no sale en este libro.  

En resumen, terminé creando tres (y ahora parece que serán cuatro) capítulos completamente nuevos, lo que ha hecho que la creación de la novela se ralentice. Al mismo tiempo la trama se ha enriquecido, o al menos eso espero. Lo cierto es que ningún lector se ha quejado. 

Como dije antes, escribo para respirar. En este momento veo a mucha gente sufriendo a mi alrededor. Mi propia familia es un desastre. Por eso esta novela es mi grito de esperanza: Estoy convencida de que la vida es más fuerte que la muerte y que la fraternidad será la bandera bajo la que toda la humanidad buscará cobijarse. 






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